Hacer libros fuera de Buenos Aires o cómo federalizar el mundo editorial argentino

En plena crisis general del mercado editorial, los sellos menos comerciales y autogestivos del interior del país se reinventan para sortear las dificultades geográficas y sobrevivir a las peripecias que implica estar fuera del circuito literario de Buenos Aires, con el corazón y el esfuerzo orientados a ofrecer un catálogo tan novedoso como federal y llegar a la visibilización y mejor comercialización de sus autores y títulos.

Encontrar una librería en Buenos Aires que tenga, en su mesa principal, variedad de sellos, es casi una utopía. Al frente y con presencia avasallante, las grandes editoriales mainstream porteñas copan las propuestas más visibles. Los sellos más pequeños están, pero hay que buscarlos. Y los sellos más pequeños y de las provincias también están, pero hay que buscarlos (aun) más. El acceso a los círculos literarios y de comercialización es mucho más complejo para quienes se desarrollan, con enorme calidad y compromiso, fuera de la Capital Federal.editores de diferentes propuestas de Córdoba, Río Tercero, Rosario, Santa Fe, Bahía Blanca y La Plata coinciden en que las dificultades se centran en el acceso a imprentas más económicas, la dificultad de interactuar más fluidamente con escenarios sociales y circuitos literarios concentrados en la Ciudad de Buenos Aires -que a su vez conectan con un mercado de lectores con mejor poder adquisitivo- y la imposibilidad de tener un contacto diario con periodistas, críticos y libreros.

«Para las editoriales es desventajoso tener que pagar fletes y enviar el catálogo en cuentagotas. La peculiaridad del rubro, el editor, es que en general deja sus libros en consignación en las librerías. El librero paga 30 días después de declarar la venta, con un descuento acordado promedio del 40% sobre el precio de tapa al público», explica Juan Carlos Maldonado, editor de Alción Editora, un sello emblemático de Córdoba.

«Empezar un proyecto editorial en el interior es bastante más duro que en Buenos Aires. Contar quién sos, qué hacés, cuál es la propuesta: hay que explicarse demasiado. Después, con el paso del tiempo y el desarrollo de los catálogos eso cambia, pero instalarse en el mercado lleva mucho tiempo», agrega Alejo Carbonell, editor de Caballo Negro Editora, también de Córdoba.

Las mayores desventajas se vislumbran en la instancia productiva del libro objeto, especialmente en los procesos de impresión, difusión y distribución. En el caso de las imprentas, la dificultad es múltiple: hay menor cantidad de opciones para elegir, los costos son más caros y el servicio es, en líneas generales, de menor calidad.Generalmente en las imprentas se paga caro un trabajo malo. Luego hay dos cuestiones centrales para el crecimiento de un sello editorial: la difusión y la distribución, que además están ligadas. Si no tenés una buena distribución en todo el país, no se difunde (desde Capital) la existencia del sello ni de los libros. Y si no se difunde el sello, nadie te toma el material para distribuir. Un círculo perfecto. Romperlo implica llegar a articular cuestiones de financiamiento, de logística y de contactos. Armar una red sólida en ese sentido a veces toma años y las editoriales independientes muchas veces no consiguen sostenerse tanto», explica Maximiliano Crespi, editor de 17 grises, sello de Bahía Blanca.

Otra de las cuestiones más relevantes para pensar el mundo editorial es el rol del Estado en las producciones culturales. Consultados sobre este punto, la mayor parte de los editores coinciden en que si bien hay becas y posibilidades de acceder a fondos públicos, en muchas ocasiones los jurados o académicos son de Buenos Aires y eso afecta el supuesto carácter federal.

«El Estado puso atención en federalizar becas y subsidios. Cada programa tiene ‘un cupo’ para las provincias. Restaría, me parece, que quienes seleccionan también sean de todo el país, porque por lo general son de Capital y lógicamente conocen menos los proyectos de las distintas provincias y cómo éstos impactan en su región», explica Agustín Arzac, editor de Eme, sello de La Plata.

«Es llamativo cómo a veces hay premios literarios en donde hay 10 libros finalistas y sólo se difunden notas periodísticas, reseñas y críticas de los 3 libros publicados por grandes editoriales de Buenos Aires, y los demás apenas se mencionan», completa Carolina Rolle, editora de Beatriz Viterbo, de Rosario.Con algunas diferencias, los entrevistados coinciden en que Internet y la posibilidad de tener catálogos online han reducido un poco esa brecha, aunque no lo suficiente. En muchos casos, todavía, los editores apuestan al encuentro presencial para potenciar el trabajo y optimizar su llegada a vista y oído del posible lector.»Vivimos en un país donde nada es federal. Ahora, lo peor que nos puede pasar a nosotros como sello del interior es ser, esencialmente, un sello del interior. Que esa condición nos termine encorsetando en una mirada de los lectores, la crítica, los colegas y el Estado. No nos gusta ser la nota de color. Nosotros elegimos qué publicar, tenemos una posición política, nos ubicamos en el mapa, elegimos discutir cosas. Y eso es lo más relevante», suma Alejo Carbonell.

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